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Frank Capra

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En este siglo escéptico, quizás el periodismo debería buscar esas historias que nos devuelvan la esperanza

En El secreto de vivir (Mr. Deeds Goes to Town, 1936), una de esas películas en las que Frank Capra volcó su esperanza en el ser humano, Gary Cooper es un joven cándido al que le basta una vida sencilla −toca la tuba, escribe poemitas que luego comercializa en postales−, pero el destino de ese hombre cambia por la descomunal fortuna recibida en una herencia.

Cuando Deeds, el protagonista, se plantea ayudar a los demás y distribuir una riqueza que él no necesita, los poderes y la sociedad lo catalogan como un tipo peligroso: la generosidad, temen, es un ejemplo radical para ese mundo de individualismo feroz que han levantado.

Una periodista cínica (Jean Arthur) ha seguido los pasos del millonario desde que llegó a la ciudad y se ha mofado de él en una serie de artículos, pero con el trato Louise “Babe” Bennett, esa reportera ganadora del Pulitzer, ha comprendido que la bondad no es, como creía, falta de inteligencia, sino un misterio que ella, que vive de la escritura, no sabe describir con palabras. «Es una persona pura, auténtica, a nosotros nos parece un bicho raro. Es muy bondadoso. ¿Sabes lo que significa eso?», le dice a otro personaje. «Claro que no. Estamos muy ocupados haciéndonos los listillos. Muy ocupados con una competición para nada».

Recordé esa película −que puede verse en Filmin− en una proyección de Un amigo extraordinario (A Beautiful Day in the Neighborhood), que ha llegado ahora a la cartelera. En ella, otro periodista descreído, roto según su propia definición (Matthew Rhys), accede intrigado a Fred Rogers (Tom Hanks), presentador de un programa infantil y un verdadero héroe popular en Estados Unidos.

Rogers explica el mundo a los niños, les enseña cómo lidiar con sus sentimientos y con el dolor, cómo enfrentarse a la rabia y a las heridas. Es un humanista que cree en los otros: recuerda los nombres de las personas a las que ha tratado, al final del día reza por ellos. Y ese reportero que en un principio presupone que todo es una farsa y quiere arrebatarle la máscara a ese impostor, que desconfía de su inclinación a hacer el bien, irá entendiendo −como su colega en la otra película− que estamos demasiado ocupados haciéndonos los listillos, compitiendo para ser los mejores, y hemos olvidado el nombre de los otros, hemos olvidado la pureza.

Quizás, en estos tiempos de confrontación y sorna, en este siglo escéptico, el periodismo debería buscar −sin caer en sentimentalismos, con sobriedad− esas historias que nos devuelvan la esperanza.

Braulio Ortiz, en diariodesevilla.es.

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