Astérix: El secreto de la poción mágica

 

El fin de una era

Mientras recoge muérdago de las ramas de los árboles, ejecutando piruetas acrobáticas, Panorámix sufre una caída que se salda con una desafortunada rotura. Comienza a pensar que ha llegado la hora de jubilarse y buscarse un sucesor apropiado, entre jóvenes talentos, tarea para la que recorrerá la Galia, escoltado por Astérix y Obélix, en busca de un candidato digno a quien confiar su secreto más preciado, la fórmula de la poción mágica que confiere una fuerza sobrehumana.

Irreductibles animadores franceses resisten ahora y siempre a la invasión de superproducciones familiares de Hollywood, pese a que resulta complicado trasladar a la pantalla la magia de Astérix, protagonista de los comics galos más populares, creados por René Goscinny y Albert Uderzo. Puesto que las adaptaciones animadas no acababan de convencer, y las de imagen real daban vergüenza ajena, tenía un pase Astérix: La residencia de los dioses, de 2014, que recreaba a los populares personajes con modernos gráficos digitales. No resulta extraño por tanto que los mismos realizadores de aquélla, Louis Clichy y Alexandre Astier, reincidan con una producción similar, aunque esta vez no adaptan un álbum en concreto, sino que el segundo ha creado un guión completamente original, lo que no había ocurrido en ningún largometraje hasta ahora, salvo en Las doce pruebas de Astérix, de 1976.

Si por una carambola Pixar hubiera tenido que hacerse cargo de esta historia, en la que los populares galos toman conciencia de que el tiempo pasa inexorablemente, y su druida tiene que afrontar el cambio generacional, habrían creado una tensión dramática tan intensa como la del momento en el que Andy tiene que legar sus juguetes en Toy Story 3. Obviamente, Astérix: El secreto de la poción mágica no llega a ese nivel, pero se nota que sus creadores tienen en mente a la compañía americana, en la que Clichy trabajó como animador de WALL-E y Up, asumiendo la necesidad de que la historia tenga cierto fondo, sin renunciar por ello al humor típico de la saga, con sus romanos aporreados y sus piratas cuya embarcación hace aguas, como debe ser. Sobre todo está muy presente el mensaje de que se debe asumir que los jóvenes tomarán el relevo, y que conviene guardar el equilibrio entre el respeto a la tradición, y la actitud de cambiar lo que ya no funciona. Aquí se integra cierto mensaje feminista, apuntándose a la moda imperante, pero con bastante inteligencia, sin que nada chirríe.

Al público religioso más sensible le puede chirriar un gag con un aspirante a relevar a Panorámix de look similar a Jesús, y los puristas de los personajes señalarán que Obélix ya no sueña con probar la poción mágica desde que la probó excepcionalmente en “Astérix y Cleopatra”, pero está rodada con una animación digna, así que nadie quedará desencantado.

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