De Wonder Woman al “Me too”

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  • Por El sónar (blog de ACEPRENSA)
  • Autor Ignacio Aréchaga        

 

El caso Harvey Weinstein ha desatado las lenguas sobre lo que parece una extendida práctica de acoso sexual en Hollywood y en otros centros de poder mediático y político. Que productores poderosos y políticos influyentes se aprovechen de su posición para abusar de mujeres jóvenes que aspiran a abrirse camino, merece ser denunciado y combatido.

 

Pero como ocurre en otros temas que afectan a mujeres, lo que ha emergido como un problema de mujeres en algunos sectores se ha transformado inmediatamente en un problema de “la mujer”. De pronto, cualquier mujer es una víctima real o potencial del abuso masculino. Una mujer que no haya sido acosada hasta puede sentirse un poco rara. Hemos pasado de la ley del silencio a la explosión del “Me too”. Es verdad que hasta hace poco en Hollywood el “me too” significaba más bien “sí, yo también quiero hacerme una foto con Harvey Weinstein”, y en estos días hemos visto muchas fotos de actrices que aparecían junto a él muy sonrientes. Es comprensible que una joven aspirante a actriz tenga pocos recursos para hacer frente a un productor poderoso sin sacrificar su carrera. Pero su caso no debería hacernos olvidar que en muchos sectores del mundo profesional hoy hay mujeres que trabajan, compiten y ocupan puestos de responsabilidad sin que nadie pueda avasallarlas.

 

Es verdad que la inmensa mayoría de los “me too” no revelan ningún nombre, ni circunstancias, ni prueban nada. También en ellos se mezclan bajo el rótulo de acoso sexual cosas muy distintas, desde chistes de mal gusto a verdaderas agresiones. Pero quien se suma a la campaña siente la satisfacción de poner su granito de arena a una buena causa, en medio de elogios por su valentía. El fenómeno tiene el sesgo típico de los llamados “pánicos morales”, en los que un problema que existe desde hace tiempo es reconstruido en el discurso mediático y político como si se denunciara algo ignorado o como si experimentara un dramático aumento.

 

Pero si el acoso sexual no es solo una plaga endémica en Hollywood sino un signo arraigado de la sociedad actual, habrá que revisar nuestra idea sobre los beneficios que ha aportado la revolución sexual a las mujeres. Dadas las transformaciones sociales de las últimas décadas que han cambiado la situación de la mujer –creciente equiparación salarial con los hombres, mayor presencia que los varones en la universidad, plenitud de derechos, una libertad sexual protegida por la anticoncepción…– cabría esperar que su nivel de satisfacción fuera en aumento. Sin embargo, si escuchamos a las feministas radicales, todo parece haber ido a peor en las relaciones entre hombres y mujeres. El hombre no es fiable. El hombre es violento. El hombre es dominante. La mujer sigue llevando las mayores cargas del hogar, sumadas a las del trabajo. Esperábamos a Wonder Woman y nos encontramos con mujeres al borde de un ataque de nervios.

 

Sin necesidad de atender a las voces más radicales, muchas mujeres piensan que la revolución sexual no ha sido la panacea para sus relaciones con los hombres. Más aún, en aspectos importantes se ha retrocedido. La promiscuidad sexual ha dado una nueva fuerza a los que ya eran fuertes y depredadores, como se ha puesto de manifiesto en las revelaciones actuales. Pero el acoso no se reduce a hombres poderosos que avasallan a mujeres que dependen de ellos. El problema está también en el tipo de relaciones entre jóvenes de la misma edad y posición. Muchos hombres huyen del compromiso. Lo que antes eran posibles novios hoy son polvos de una noche. La píldora protege de la concepción, pero no del sexo basura. De modo que muchas mujeres –y también hombres– lamentan una “falta de romanticismo en un tiempo de abundancia sexual”, como dice Mary Eberstadt en Adán y Eva después de la píldora. A las mujeres se les vendió la idea de que con la píldora y el aborto ya podían jugar al sexo recreativo, pero parece que esto ha dado más irresponsabilidad a los hombres.

 

Tampoco resulta fácil cantar las excelencias de la revolución sexual, y luego tratar de embridarla. En los campus americanos hay crecientes denuncias y litigios por casos de agresión sexual. Incluso se han empezado a dar cursos especiales para explicar qué significa “consentimiento”, aunque cuando llega el momento quizá ambas partes han bebido lo suficiente como para no saber ni en qué consienten. Con uno de esos movimientos pendulares tan propios de una época emocional, hemos pasado del elogio de la transgresión como marca de la revolución sexual a la busca y captura de culpables de “conductas inapropiadas”.

 

Si el problema, como ahora se dice, es de toda una cultura que favorece la falta de respeto a las mujeres e incluso la agresión sexual, habrá que ver qué tipo de relaciones entre hombres y mujeres promueve la cultura de masas actual. Sin olvidar que a esa cultura contribuyen hombres y mujeres. También series como Sex and the City o libros como Cincuenta sombras de Grey, que han tenido un entusiasta público femenino. O esas revistas femeninas, que en unas páginas explican todos los trucos para ser seductora de la mañana a la noche, y en otras claman contra los que ven a las mujeres solo como objetos sexuales.

 

Si el mundo del cine aparece ahora como el más contaminado por los abusos sexuales, no estaría de más preguntarse si la difusión de la pornografía no transmite una imagen degradada de la mujer que favorece la falta de respeto y el acoso. La “limpieza” que está en curso en Hollywood se centra en eliminar a hombres del sector que han utilizado su poder para abusar de mujeres. Pero mucho más decisivo sería marginar de la industria cinematográfica productos pornográficos que nada tiene que ver con el séptimo arte, excepto en que también venden imágenes.

 

Si queremos que haya una nueva cultura del respeto entre hombres y mujeres, habrá que revisar el legado de una revolución sexual que ha dado más cancha a los depredadores y ha decepcionado a muchas mujeres. Algo que vaya más allá del “no es no”, para construir algo positivo.

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