La llamada de lo salvaje

  • Análisis por Esther Rodríguez de CONTRASTE

Buena adaptación de la obra literaria de Jack London, con una primera mitad muy divertida y entretenida y una segunda parte más contemplativa y tediosa, pero excelentemente fotografiada.


Ver La llamada de lo salvaje es ver varias películas por el precio de una, y ya sabemos que las ofertas de packs no siempre merecen la pena tanto como parece.

Esta nueva adaptación del libro homónimo de Jack London recoge y presenta lo mejor de la pieza original. Se rodó en los paisajes en los que se desarrolla y, tanto la soleada California como las gélidas y sobrecogedoras tierras del Yukon se muestran con toda su fuerza e imponente belleza, gracias a un gran trabajo de los operarios de fotografía y, supongo, de los pilotos de drones o de avioneta convencional.

También queda patente la fascinación que London sentía ante la naturaleza virgen y salvaje, repleta de posibilidades, y la no siempre fácil interacción con ella, puesto que conviven tanto los animales como los humanos.

De ahí ese curioso triángulo hombre-perro-tierra que describe de forma magistral tanto en esta novela como en Colmillo Blanco. El equipo que lidera Chris Sanders –en su primer rol como director de una producción que no sea enteramente de animación– consigue plasmar visualmente, con efectismo y emoción, las imágenes imaginadas por el escritor californiano.

Por otro lado, la lucha del hombre y el animal por hacerse a sí mismos y hallar su lugar en el planeta adquiere, en este siglo XXI, unos tintes de concienciación ecológica que también se descuelgan resbalando, en ocasiones forzadamente, a lo largo de una trama que tiene ya demasiadas cosas. La primera aventura en Alaska parece, a su vez, parte de un programa de formación para directivos con múltiples consignas sobre el trato con subordinados, cualidades del líder o gestión de trabajo en equipo: interesante pero desubicado.

Impacta también el resultado de las técnicas de animación que logran hacer que los gestos y posturas de los animales, en especial de Buck, transmitan sus sentimientos o pensamientos con una preclara verosimilitud. Esta expresividad canina, de puro eficaz, puede rozar lo incoherente y provocar, no es mi caso, rechazo en aquellos que buscan en este film algo más realista y menos parecido a los cuentos de bichos humanizados de Disney. Dada la eficacia visual, sí es un hecho que la voz en off de Harrison Ford como constante narrador es algo superflua e innecesaria en demasiados momentos.

Todo esto se pude resumir diciendo que La llamada de lo salvaje es una buena adaptación de la obra literaria de Jack London, con una primera mitad muy divertida y entretenida y una segunda parte más contemplativa y tediosa, sostenida en una fotografía y un vestuario que, por lo menos, alegran la vista.

Firma: Esther Rodríguez

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