Mi vida con Amanda

 

  • Fuente: Jerónimo José Martín | ACEPRENSA

En el cine actual se aprecia un creciente interés por revisar a fondo y al alza las figuras paternas. Ahí están MaktubEl becarioAmanece en EdimburgoTodos lo sabenEl blues de Beale StreetLa luz de mi vidaHistoria de un matrimonioVida ocultaOnwardMilagro en la celda 7… Ahora hay que añadir a esta larga lista Mi vida con Amanda, del parisino Mikhaël Hers, un íntimo melodrama de maduración acelerada, que fue premiado en el Festival de Venecia 2018 y optó a los Premios César 2018 al mejor actor (Vincent Lacoste) y a la mejor música original (Anton Sanko).

Al solitario protagonista de esta película le llega la paternidad inesperada y trágicamente, como consecuencia de un terrible atentado terrorista, tal vez yihadista. Así, a sus veintitantos años, con trabajos más bien precarios y una relación todavía incipiente e inestable con una buena chica, David (Vincent Lacoste) debe convertirse en tutor legal de su sobrina Amanda (Isaure Multrier), una inteligente y sensible niña de siete años, que nunca ha conocido a su padre. Todo lo contrario de David, pues su hermana y él fueron criados por su padre después de que su madre escapara a Inglaterra con otro hombre.

Quizá alguno considere este sencillo entramado melodramático demasiado obvio, simple y epidérmico, pero sostiene con vigor la progresión dramática de la película gracias a una sutil y pudorosa puesta en escena realista, con un sugerente montaje de reproches, susurros, silencios, miradas y lágrimas furtiva. Además, la cálida partitura de Anton Sanko impulsa muy bien ese despliegue visual y subraya las impresionantes interpretaciones de Vincent Lacoste –más lacónico y hermético que nunca– y de la pequeña Isaure Multrier.

La apabullante naturalidad de esta niña mantiene altísimo el nivel emocional del filme hasta culminar en una secuencia final estremecedora, seguramente antológica, también por su perfecta invocación de una popular canción en torno a Elvis Presley. Cine del bueno, por tanto, con una notable resolución formal, un sobresaliente trabajo actoral y un honesto acercamiento a la conciencia de lo perdido, al proceso del duelo –que no ignora las lógicas preguntas más trascendentes–, a la inesperada asunción de responsabilidades y a la imperiosa necesidad que tenemos todos los seres humanos de reconstruir como sea nuestros lazos familiares heridos e incluso muertos.

 

 

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