Qué fue de Brad

Ficha:

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La crisis de los casi 50

 

Brad Sloan peina canas. Con 47 años y un único hijo a punto de matricularse en la universidad, siente que no ha hecho en la vida todo lo que hubiera querido, vendría a ser un fracasado. Mira en su entorno, piensa en los que fueron sus amigos de la facultad, y la conclusión es clara: ellos han triunfado. Quien no trabaja en la Casa Blanca es director de cine o viaja en el jet privado de su propia empresa, e incluso hay quien se ha prejubilado y holgazanea todo el día en una idílica playa acompañada por dos mujeres despampanantes. Él en cambio vive en Sacramento, encauzó sus ideales montando una ONG tecnológica que hace de intermediaria entre buenas causas y donantes, y se casó con una mujer afable que nunca se quejó de nada. ¿Le ha faltado ambición? El viaje que emprende con su hijo Troy para buscarle universidad en la zona de Nueva York podría tal vez devolverle la confianza, planificar para él el futuro que no ha sabido trabajar para su propia vida.

Una muy notable película de Mike White, director y guionista, que hasta se reserva un pequeño papel actoral. Aparte de otro film tras la cámara, El año del perro, había firmado antes dos libretos de interés, los de The Good Girl y Escuela de rock. Aquí se diría que ha alcanzado una deseable madurez, a la que seguramente no sea ajena el hecho de haber rodado el film justo a la misma edad que el protagonista, muy bien interpretado por Ben Stiller, en quizá el mejor trabajo de su carrera como actor, el papel le va como anillo al dedo. Porque la película sabe combinar el toque de comedia con un necesario tono agridulce para hablar de la crisis de la mediana edad, ese momento que invita al balance existencial, qué he hecho con mi vida, y de la frecuente tendencia a la autocompasión de tantas personas a las que no les va tan mal, pero que tienden a mirarse demasiado el ombligo.

El film acude sabiamente a la voz en off, sin abusar de ella, y también a pasajes en que Brad fantasea acerca de cómo podrían haber sido las cosas, o cómo pueden ser aún, sorprende el equilibrio logrado, porque todo podía ser excesivo o reiterativo y no lo es en absoluto. Y funciona muy bien el confrontamiento generacional, del padre con el hijo –también Austin Abrams hace un buen trabajo de chico millenial con sus cascos y cierta indolencia, pero con ilusiones que no deberían echarse a perder–, o del padre con Ananya, una amiga de Troy, en su conversación nocturna en una cafetería. Además, la mirada a los amigos de Brad, en que se desplaza la mirada distorsionada inicial a otra más ajustada, también es muy medida, y se beneficia del trabajo de unos actores bien entregados a la causa, Michael Sheen, Luke Wilson, Jemaine Clement y el propio White. Y resulta encantadora, Jenna Fischer, la esposa, la conversación matrimonial en el arranque no tiene precio.

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