Vivir dos veces

 

 

 

La última confesión

A Emilio, profesor de matemáticas gruñón, ya jubilado de Valencia, le han diagnosticado Alzheimer. Mientras se resiste a instalarse en casa de su hija, Julia, el insensible marido de ésta, y su nieta, Blanca, decide buscar a la mujer a la que amó en su juventud, pese a que todo indica que vive en Pamplona, para confesarle, pese al largo tiempo transcurrid,o lo que ha sentido por ella, antes de olvidarla por la progresión inevitable de su enfermedad.

Con Lluvia en los zapatos, Tu vida en 65’ y Rastros de sándalo, María Ripoll demostró que tiene un estilo muy personal, así como sensibilidad a la hora de rodar. Tras dos comedias de encargo, la más o menos aceptable Ahora o nunca y la menos interesante No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas, acierta de pleno al regresar a su universo personal, con un guión de la prometedora María Mínguez, debutante en el largometraje a la que habrá que seguir. Toda la trama se articula en torno a los efectos de la temible dolencia, incluso en personas de mente privilegiada; resulta triste aceptar que alguien capaz de resolver complejos problemas e incluso de descubrir un número primo, degenere poco a poco hasta ser incapaz de restar. Pero sin ocultar la dureza de esta tragedia, la barcelonesa ha conseguido no sólo un tono bastante positivo, mucha humanidad y un par de secuencias emotivas, sino hacer reír, incluso se diría que en ocasiones a carcajada limpia.

Se centra en las relaciones entre las diversas generaciones de una familia, con interpretaciones de auténtico lujo. Cada vez se está haciendo mejor actriz Inma Cuesta, casi siempre creíble, pero aquí realmente brillante como mujer que pretende convertirse en una hija modélica, a quien las complicaciones para afrontar el mal que sufre su progenitor, se le juntan con el descubrimiento de que le resulta muy difícil mantener unido su matrimonio, pese a que ella lo ha hecho todo bien. Está aún mejor, si cabe, la niña de diez años Mafalda Carbonell, hija del famoso actor, cantante y presentador Pablo Carbonell, que padece artogriposis, como su personaje, pero resulta un ejemplo de superación, pocas debutantes en el largometraje resultan tan expresivas. Refleja muy bien las características de las nuevas generaciones, obsesionadas por los móviles, lo que supone una serie de ventajas, pero también inconvenientes. Por su parte, Óscar Martínez no cambia mucho con respecto a su registro de gruñón, visto en cintas como El ciudadano ilustre, pero da igual, el argentino tiene una fuerza pocas veces vista en una pantalla, así que cuando está con alguna de las dos, surge la magia.

Quizás desentona un poco Nacho López (Isabel), no por falta de capacidad, sino porque el libreto resulta muy poco sutil al describir a su personaje, pese a que se le utiliza para llevar a cabo una divertida crítica al ‘coaching’, tan de moda en los últimos tiempos. Por otro lado, el film está lleno de secundarios hilarantes, que propician las mejores escenas, como la mujer que abre la puerta a los protagonistas en un momento clave, interpretada por Mamen García (Señoras del (h)AMPA), y otros rostros menos conocidos, que dan vida a la enfermera, a la mujer que evalúa a Emilio, y a la novia borracha de la boda, que ni siquiera tiene diálogo.

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