Son actitudes provocadas tanto por la fisiología humana como por «haber improvisado al introducir la tecnología digital en el hogar», por eso es esencial «poner normas previas que ayuden a los niños a desarrollar autocontrol»

Seguro que más de una vez tu hijo adolescente te ha montado el drama cuando les has obligado a dejar el móvil. O estabas en un restaurante y has sido testigo de cómo en la mesa de al lado la niña que no se había movido en toda la comida se convierte en un mar de lágrimas cuando sus padres le quitan la tablet en la que estaba jugando. Son las llamadas ‘rabietas tecnológicas’, y mal que nos pese, son cada vez más frecuentes tanto en niños como en adolescentes.

¿Por qué les cuesta tanto desprenderse de las pantallas? ¿Es falta de obediencia o existe alguna razón ‘física’? ¿Podemos hacer algo para prevenirlo? Pues lo cierto es que son actitudes en las que entran en juego tanto la propia fisiología del ser humano como el no haber sido capaces de introducir correctamente la tecnología digital en el hogar. Vayamos por partes.

En primer lugar, hay que entender que «a nivel cerebral la serotonina y la dopamina son dos neurotransmisores muy importantes que suelen estar equilibrados entre sí, cuando la dopamina sube mucho, la serotonina baja y viceversa. Cuando un niño está jugando en un dispositivo, sus niveles de dopamina van a subir mucho y eso va a hacer que esté muy enfocado, obsesionado, con el juego y que tenga niveles altos de ansiedad y excitación. Y a la vez, cuando baja la serotonina, ese niño va a sentir mucha desconexión del mundo exterior, incluso de los padres, y una sensación de soledad, de frustración y más irritabilidad. Así que en el momento en el que le quitas la pantalla, ese niño está totalmente desconectado de ti y le va a dar igual lo que dices, tiene niveles muy altos de frustración porque la desconexión le hace sentirse muy solo, y a la vez tiene tal nivel de excitación y de enfoque en la pantalla que hace que sienta una rabia muy grande porque lo único que dice su cerebro es ‘No hagas caso a esta señora, que te da igual quién es’. Él está muy frustrado porque lo que necesita es pantalla e intenta recuperarla, por eso las rabietas tecnológicas son muchas veces tan violentas», detalla el neuropsicólogo Álvaro Bilbao.

Una frustración intensa y muy reactiva que, además, «depende de procesos cerebrales muy anclados en nuestra parte animal, instintiva, que involucran un entramado de núcleos cerebrales arcaicos que se conocen como sistema límbico, como la amígdala, y que tienen un gran poder sobre nuestra toma de decisiones», puntualiza el psicólogo Francisco Jódar. «Por ejemplo, cuando la amígdala está ejerciendo una fuerte actividad sobre nuestra conducta en psicología le solemos llamar ‘secuestro amigdalino’; las personas adultas solemos pensar que cuando tienen estos estados reactivos nos están echando un pulso que debemos ganar cueste lo que cueste, y no somos conscientes de que si ejercemos más presión o agresividad lo que estamos haciendo es lanzar leña a un fuego descontrolado», añade el experto.

Tomarse tiempo

Entonces, ¿cómo hay que actuar? «En ese momento les tenemos que dejar tiempo para que se les pase», aconseja Bilbao, pero «son importantes las cosas que podemos hacer antes». Es decir, «poner una serie de normas previas van a ayudar mucho a los niños a desarrollar autocontrol; explicarles ‘yo te voy a dejar esta pantalla, que te enfades conmigo cuando te la quito es un indicador de que no tienes suficiente madurez para utilizarla, así que si en el momento en el que te la quito me gritas, me insultas o me das un manotazo, el próximo día no podrás jugar’; y hay que cumplir las consecuencias porque de esa manera los niños aprenden muy bien a regular esa obsesión que tienen con las pantallas, que es tan grande que puede ser una herramienta a nuestro favor para que aprendan muy rápido a gestionar su frustración para poder jugar los siguientes días», añade el neuropsicólogo.

No en vano, a juicio de Jódar, «a menudo estas situaciones se dan cuando las personas adultas han estado improvisando a la hora de introducir la tecnología digital en su hogar, y para cuando toman conciencia… se dan cuenta de que van tarde y viene la urgencia por reconducir pautas educativas, criterios, normas y hábitos consolidados, lo que a menudo acaba haciéndonos incurrir en la incoherencia. Si actuamos desde la impulsividad y el alarmismo, queriendo corregir todo lo que no hemos hecho bien de golpe y porrazo, vamos a maximizar esa frustración; si hay que corregir todo el sistema desde la base, lo mejor es resetearlo cuando no se esté utilizando tecnología digital, planificando un momento en el que contamos con su atención y receptividad y manteniendo una conversación pausada y reflexiva», anima el psicólogo.

Y si ya hemos establecido pautas proactivas, sensatas y coherentes y aún así nuestro hijo o hija inicia un ciclo de frustración elevado, «conviene recordar que aquí su sistema emocional está drenando bioquímica de estrés y que de nada servirá razonar». En ese caso, hay que intentar «conectar emocionalmente, mostrando una conducta empática y calmada transmitiendo comprensión por el momento que está pasando, para después ir haciendo una retirada progresiva del dispositivo tratando de contar con su colaboración y recordando los acuerdos que tenemos pactados», aconseja Jódar.

Reglas coherentes y predecibles

Eso sí, hay que tener claro que aunque se hayan establecido muy bien cuáles son las reglas del juego y las consecuencias de incumplirlas, «siempre probarán la transgresión, ¿quién no tiene la curiosidad de hasta dónde puede ampliar las fronteras de sus dominios? Pero si hemos asentado un juego limpio, donde las reglas son siempre coherentes y predecibles, y no existen incumplimientos o abusos por nuestra parte, acabarán aceptando nuestros límites como un mal necesario para seguir disfrutando de los beneficios que les ofrecemos», asegura Jódar. Y en ese sentido, el trabajo más difícil y más duro lo tienen, precisamente, quienes tienen que educar.

«Con los preadolescentes lo tenemos más fácil, en teoría, tienen todo por hacer, así que su motivación a aceptar acuerdos no demasiado favorables para ellos será bastante alta. Diferente es cuando esos jóvenes dan por adquiridos por veteranía determinados derechos y es más difícil poner restricciones. Por eso es importante hacer las cosas bien desde el principio, introducir la tecnología digital proactivamente, con anticipación a sus necesidades y con una cronología coherente en arreglo a su maduración y posibilidades, evitando dar saltos cuánticos en el tiempo de los que luego es imposible retrotraernos al pasado», advierte el psicólogo.

Involucrar a la familia

En el ‘camino educacional’ hay muchos compañeros de viaje, por lo que no se debe perder de vista la necesidad de involucrar al resto de miembros de la familia, especialmente si cuidan de esos niños y adolescentes de forma habitual. «En un mundo ideal habría que involucrarles, pero debemos ser conscientes de que es irrealista. Es como proponerte llevar una alimentación saludable en la que nunca vas a comer pizza o un croissant con chocolate… Las reglas, para que sean funcionales, también están para incumplirlas; y en este caso, cuando las excepciones son excepcionales y no se convierten en regla, es un lujo poder tener personas con las que vivir momentos excepcionales. No deberíamos pretender hacer del mundo de los chavales un mundo gris, predecible y aburrido, por muy sano que nos parezca. Necesitamos momentos de caos y disrupción para poder tener chispazos genuinos que le den más brillo a nuestra vida», concluye Jódar.

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