
Trece vidas (2022)
Salvar al mundo entero
Estupenda recreación dramatizada, con todo lujo de detalles y un formidable esfuerzo de producción, del rescate de un equipo de fútbol de adolescentes con su joven entrenador, las trece vidas del título, que quedaron atrapados en la cueva de Tham Luang (o sea, “de la Dama Dormida), en la provincia de Chiang Rai, al norte de Tailandia, a la que fueron al terminar de jugar un partido. No contaban con que en junio de 2018 las lluvias monzónicas habituales en julio se adelantarían, hasta el punto de inundar la cueva y hacer imposible la salida. A los primeros movimientos de las autoridades locales y los SEAL, los grupos de operaciones especiales, siguió un despliegue solidario de voluntarios, llegados de todo el mundo. Mientras las familias angustiadas aguardaban noticias de sus seres queridos, con el temor de que ya estuvieran muertos, surgieron los planes para achicar agua, para evitar que crezca aún más el nivel, y contra pronóstico serán los talluditos buceadores espeleólogos Richard Stanton y John Volanthen, los que traerán algo de esperanza, gracias a su arriesgada expedición subacuática en la que van marcando el camino.
La película, de ritmo modélico, resulta muy pedagógica a la hora de explicar los distintos pasos y soluciones que acontecen en el rescate, y los momentos de mayor dramatismo, el de las trágicas dificultades de uno de los submarinistas, y la audaz operación rescate, vertebran muy bien el relato. Está todo muy medido para no caer en la sensiblería, Ron Howard sigue demostrando que es un director talentoso, que controla muy bien las emociones que exige una historia. Y sabe jugar bien la carta del contraste con las diferentes personalidades de Stanton y Volanthen, uno brusco, el otro empático, casi en una versión del clásico “poli malo, poli bueno”.
Estamos ante una de esas cintas que te invitan a ser mejor persona. Donde el motor de las acciones de los personajes es el amor, un esfuerzo heroico que puede llevar a la extenuación, y también a las salidas extemporáneas, pero que son humanas a la postre. Hay muchos detalles bonitos, el cuidado del entrenador a sus jugadores, el sentido de culpa, el recurso a la meditación y a la oración propias del budismo local. La imagen de la diosa o dama dormida, también se sabe usar como recurso poderoso, cuando parece que las plegarias son recibidas por una deidad que no escucha y está a otra cosa, aunque en realidad los caminos y modos en que son atendidos tales rezos son cuando menos misteriosos.
