
Desde el ‘scroll’ infinito hasta el contenido personalizado, las plataformas digitales parten de un modelo de negocio lleno de trampas para retener a los adolescentes el mayor tiempo posible
La adicción a la tecnología no es un problema solo de Australia. En España miles de jóvenes ya admiten que necesitan una «desconexión digital»
JAVIER PALOMO – https://www.abc.es/sociedad/hijo-pasaba-horas-enganchado-agredia-pedia-parar-20251214042600-nt.html
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Fernando, con 14 años, apenas salía de su habitación. Su día a día transcurría frente a una pantalla, encadenando vídeos de TikTok, Instagram y YouTube durante más de 16 horas al día. Cuando su móvil se quedaba sin batería, cogía el otro que tenía siempre cargando. Su vida, su visión del mundo y de todo lo que le rodeaba se reducía a las seis pulgadas de su teléfono. No había nada más para él. Fernando sufría bullying en el colegio, no tenía amigos y se sentía aislado. Y fue en las redes sociales donde encontró lo que él veía como un «remanso de paz»: un refugio frente a una realidad que no le gustaba.
Con el tiempo desarrolló nomofobia, un miedo irracional a quedarse sin móvil o a estar incomunicado. Su madre, Marta, recuerda cómo su hijo desarrolló una dependencia extrema al teléfono, hasta el punto de reaccionar con violencia cuando intentaba quitárselo. «Llegó a pegarme y a lanzarme cosas de la casa si se lo apagaba», dice a ABC con pena. Su hijo dejó de salir de casa, quiso abandonar los estudios y su mundo se redujo a una sucesión infinita de vídeos. A pesar de ello, era consciente del problema. Tras dos años atrapado en esa dinámica, Fernando ahora ha iniciado un tratamiento psicológico para entender qué le ocurre y recuperar el control de su vida. «Le llegó a decir a su psicóloga que quería salir de las redes, pero que era incapaz de despegarse del móvil», explica su madre.
Para Fabián Cardell, profesor de Psicología en la Universidad Pontificia Comillas y experto en adicciones digitales, las redes sociales y los videojuegos no son neutrales. «Están diseñados para enganchar. Su modelo de negocio se basa en que el usuario pase el mayor tiempo posible dentro», explica. Funciones como el ‘scroll’ infinito, la reproducción automática, las notificaciones constantes o el contenido hiperpersonalizado actúan como potentes estímulos de dopamina. «Los adolescentes son un grupo de riesgo porque su cerebro aún no ha madurado del todo. Tienen menor capacidad para anticipar consecuencias, buscan novedad y gratificación inmediata, y todo eso encaja perfectamente con cómo están pensadas estas plataformas».
El impacto no es solo individual. Cardell alerta de un aumento del aislamiento social. «Muchos jóvenes sustituyen las relaciones presenciales por vínculos online, que son un sustituto de mala calidad». A ello se suma la comparación constante con vidas aparentemente perfectas, filtradas y editadas. «El resultado suele ser devastador para la autoestima». Entre las señales de alarma, el psicólogo destaca la bajada del rendimiento académico, la irritabilidad, el abandono de actividades que antes resultaban gratificantes y el refugio en la tecnología ante cualquier dificultad cotidiana.
Cuando el problema se cronifica, la sanidad pública empieza a intervenir. En la Comunidad de Madrid funciona el único Servicio de Atención en Adicciones Tecnológicas (SAAT) de toda España, con cinco centros repartidos entre Madrid capital, Alcalá de Henares, Torrelodones, Móstoles y Pozuelo. Desde su puesta en marcha ha atendido a más de 40.000 menores y familias. «Lo que vemos es solo la punta del iceberg», explica Icíar Quintana, psicóloga del SAAT de Alcalá. «El número de horas frente a la pantalla es lo visible, pero debajo suele haber dificultades para gestionar emociones, problemas de identidad, conflictos familiares, aislamiento o baja autoestima». El servicio trabaja de forma interdisciplinar y aborda el problema desde tres frentes: prevención en colegios, tratamiento especializado y formación a profesionales.
Uso normalizado de las pantallas
En los últimos años, han detectado que la edad de inicio se adelanta cada vez más. «El uso de pantallas está completamente normalizado desde edades muy tempranas», señala Quintana. Algunos perfiles, como adolescentes con TDAH o trastornos del espectro autista, son especialmente vulnerables por su búsqueda constante de estímulos. El objetivo terapéutico es fortalecer el pensamiento crítico y ayudarles a recuperar intereses fuera de la pantalla. «Muchos nos dicen que saben que no pueden parar, pero no saben para qué parar si no tienen otra cosa, otro objetivo en su vida».
Alba conoce bien esa sensación. Su hijo, ahora con 16 años, empezó a desarrollar una fuerte dependencia a los videojuegos y a los vídeos de YouTube cuando apenas tenía diez. «El problema no era solo el número de horas, sino cómo reaccionaba cuando no tenía el dispositivo», recuerda. Las pantallas fueron ocupando cada vez más espacio en su vida hasta afectar a su rendimiento escolar, a sus relaciones sociales y a su autoestima. «Llegó un momento en el que yo sola ya no podía manejar la situación», admite. Tras intentar sin éxito controles parentales y límites horarios, decidió buscar ayuda profesional en el SAAT.
El proceso no fue inmediato, pero sí transformador. Poco a poco, su hijo empezó a tomar conciencia de lo que le estaba ocurriendo y a entender las consecuencias de su uso de la tecnología. Hoy mantiene una relación más sana con las pantallas. «Está más tranquilo, más centrado y ha vuelto a relacionarse con otros chicos», explica Alba, que sigue aplicando controles en casa. El giro es significativo: actualmente estudia ciberseguridad y advierte a sus propios amigos de los riesgos de las redes sociales y de la necesidad de usarlas con cuidado.
Presencia adulta
Las soluciones, coinciden los expertos, pasan por una combinación de regulación y educación. Cardell defiende que el problema ha dejado de ser individual para convertirse en una cuestión de salud pública. «Necesitamos límites claros, pero también educar en la gestión emocional y en la tolerancia al aburrimiento». Quintana añade la importancia de la presencia adulta. «Dedicar tiempo, acompañar y entender qué les pasa». Fernando, el hijo de Alba y otros miles de adolescentes en España son el reflejo de una generación atrapada en un ecosistema digital diseñado para no dejar escapar a nadie. La pregunta ya no es si hay que intervenir, sino cuánto tiempo se puede seguir mirando hacia otro lado.
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