Los lobos

Ficciones con alma de documental. Así podrían calificarse numerosos dramas sociales, inspirados en sencillas historias reales, rodados sin aspavientos ni efectismos –en escenarios naturales, con abundante cámara en mano, casi sin iluminación artificial…– y con unas interpretaciones que parece que no lo son por su arrebatadora autenticidad. En esta atractiva categoría fílmica militaba la reciente The Florida Project, de Sean Baker, y hay que incluir ahora a Los lobos, valioso segundo largometraje del mexicano Samuel Kishi (Somos Mari Pepa), que ganó en 2019 el Gran Premio de la sección Generation Kplus del Festival de Berlín, así como el Premio SIGNIS del Festival de La Habana.

En busca de una vida mejor, Lucía viaja de México a Albuquerque (EE.UU.) con sus hijos Max y Leo, de 8 y 5 años, respectivamente. Mientras ella trabaja en una lavandería industrial, los dos niños deben permanecer dentro del destartalado apartamento que han alquilado. A través de sus ventanas, observan el día a día del inseguro barrio donde viven, habitado sobre todo por hispanos y asiáticos. Y en otros momentos, escuchan los cuentos, reglas y lecciones de inglés que la madre les ha grabado en un viejo casete mientras sueñan con ir a Disneylandia.

Formalmente minimalista y exigente con el espectador, esta estupenda película autobiográfica va de menos a más, hasta un desenlace magnífico, muy positivo en sus planteamientos de fondo y con un inteligente empleo del lenguaje fílmico y del cóctel de hiperrealismo y fantasía. En este sentido, los tiernos dibujos animados infantiles que imaginan los chavales oxigenan la acumulación de desgracias y el tono opresivo que rodea a la familia protagonista, maravillosamente encarnada por Martha Lorena Reyes y los niños Maximiliano y Leonardo Nájar Márquez.

Esta decidida opción del filme por el optimismo –adoptando la inocente mirada de Max y Leo–, no edulcora las duras realidades que describe: emigración, familias rotas, pobreza, drogadicción, violencia, precariedad laboral… Pero, por delante de ellas, subraya la fortaleza interior de la familia protagonista, la solidaridad natural de tanta buena gente –como los vecinos de origen japonés–, así como la caridad cristiana de tantos otros, encarnada aquí por una iglesia evangélica, que ha puesto entre sus prioridades la ayuda material y espiritual a los más necesitados. El caso es que esta pequeña y emotiva película te reconcilia con el ser humano y con el cine como poderoso medio para mejorar el mundo.

Por Jerónimo José Martín | ACEPRENSA

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