
Psicólogas y pedagogas apoyan que la propuesta de la UE haga responsables a las plataformas, pero inciden en la necesidad de concienciar
CHUS NEIRA – https://bit.ly/4fpiNlv
.
El pasado lunes, cuando Ursula von der Leyen recibió el informe del comité de expertos nombrado por la UE sobre el acceso de los menores a los dispositivos digitales, la presidenta de la Comisión Europea utilizó una metáfora muy elocuente para explicar cómo había que desplazar las responsabilidades a las empresas, y no a los tutores o a los niños. «No esperamos que los niños diseñen sus propios cinturones de seguridad. No esperamos que los padres instalen los airbags en casa». El problema, señala ahora Rebeca Cerezo, catedrática de Psicología Evolutiva de la Universidad de Oviedo, es que el cinturón «sabemos cómo usarlo: nos lo han enseñado y llevamos años y años practicando cómo abrocharlo». ¿Ocurre lo mismo con las redes, los videojuegos o la IA? «Rotundamente, no».
Tanto ella como Patricia Solís, doctora en Psicología por la Universidad de Oviedo y profesora titular en la UNIR (Universidad Internacional de La Rioja), y María Esther del Moral, catedrática de Tecnología Educativa de la Universidad de Oviedo, coinciden en que los propósitos de la UE de regular el acceso para que los menores de 13 años no accedan a las redes sociales son buenos pero que no funcionarán si no hay campañas de educación digital sólidas. «De nada vale regular sin educar». «El fenómeno digital», resume Cerezo para concluir la analogía con los airbags, «es infinitamente más complejo y opaco para el usuario final. Y hay una contraparte con intereses económicos remando a contracorriente».
Patricia Solís sitúa el principal acierto del informe en el nuevo enfoque. «Cambia una narrativa que durante años ha cargado casi toda la responsabilidad sobre las familias». Desde la psicología, explica, se sabe que el comportamiento de los menores «no depende únicamente de su capacidad de autocontrol o de la supervisión parental, sino también de las características del entorno». Y si las plataformas se diseñan para captar la atención mediante mecanismos «altamente reforzantes», concluye, «es razonable exigirles una responsabilidad proporcional en la protección de los menores». Su reparo llega después: «Sería un error pensar que fijar una edad mínima resolverá el problema». El objetivo, sostiene, no debería ser solo retrasar el acceso, sino aprovechar ese tiempo para desarrollar el pensamiento crítico, la regulación emocional y la capacidad de gestionar la presión social de estos entornos.
Restricciones poco realistas
Esa idea —regular pero acompañando— la comparte Rebeca Cerezo, que ve las restricciones como «un buen coadyuvante», «concretas» y «basadas en evidencias científicas», aunque «no demasiado realistas». El Reglamento de Servicios Digitales, cita, ya contempla algunas de estas directrices desde hace años. La solución, insiste, «pasa por crear una conciencia colectiva sobre el uso responsable de redes y dispositivos, y para eso quedan muchos kilómetros». Le parece «acertadísimo» que se inste a los padres a acompañar a los hijos, pero matiza que muchos «no tienen las herramientas necesarias»: «Algunos no están preparados ni para acompañar a sus hijos viendo un partido de fútbol en la tele». Y añade una advertencia contra el reproche fácil: «Todos somos vulnerables al algoritmo». Cerezo concluye que Bruselas hace bien en apuntar a las tecnológicas, pero advierte que «no vale con las sentencias que estamos viendo cuando el daño ya está hecho» y que aun así a las Big Tech el daño económico les resulta aceptable.
Del Moral aporta los datos. Los estudios de su equipo TECN@ revelan que el tiempo que los menores pasan con el móvil, y en especial en Instagram o TikTok, «se correlaciona negativamente con el que dedican al estudio», en línea con el descenso del rendimiento que reflejan PISA, TIMSS y PIRLS en matemáticas y lectura. El uso intensivo, agrega, se relaciona con «una menor capacidad de atención, memoria y concentración» y erosiona los hábitos lectores. Pero el principal motivo de alarma, avisa, «trasciende el ámbito académico»: ciberacoso, tecnopatías como la ansiedad o la dependencia del móvil, problemas de autoestima ligados a los estándares de belleza y riesgos de victimización sexual. Por eso ve necesario regular el acceso de los menores de 13 años, siempre que se activen a la vez programas de alfabetización digital: «Nuestra apuesta pasa por formarles para una ciberciudadanía sana, pues hoy por hoy las redes son las herramientas de socialización por excelencia», concluye.
.
Y no te pierdas todas las novedades en https://www.ateleus.com
