La «autoridad social» de las teleseries y su representación de la familia

agosto 2, 2010 by  
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 Alfonso Méndiz Noguero, Profesor de Comunicación y Publicidad de UMA

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¿Por qué las tele-series influyen tanto en los jóvenes? En la actual crisis de valores que afecta a la educación (en la escuela, en la familia, en la vida social), es la representación audiovisual dominante (cine y televisión) la instancia que les dice dónde está el bien y el mal, qué hacer para alcanzar una vida plena, cómo conseguir la felicidad.

 

En el fondo, el problema que subyace es el de la «autoridad» concedida a las imágenes televisivas. Ante la desorientación de los padres (o su indiferencia ante los valores, o su actitud permisiva, o la renuncia a su misión educativa), los jóvenes están concediendo más autoridad epistemológica (conocimiento de la realidad) y más autoridad deontológica (valoración de la realidad) a los modelos que plasman las teleseries que a los aprendidos en clase o en las conversaciones con sus padres.

Los modelos de familia de “Aquí no hay quien viva” o “Los hombres de Paco” (familias rotas, con segundos o terceros matrimonios; infidelidades conyugales y exaltación de la homosexualidad), la promiscuidad familiar de series como “Los Serrano” o “90-60-90”, y la fuerte carga sensual de muchas series para adolescentes (como “El Pacto”, “El Internado” o “Física y Química”) acaban pareciendo a los jóvenes más reales y auténticas que su propia experiencia como familia. Aunque son pura ficción, esas series tienen más “autoridad” sobre lo que es y debe ser la familia que el ejemplo de la suya propia vivida durante años.

“¿Qué me van a decir mis padres sobre lo que debo o no debo hacer con mi novio?”, llegan a pensar muchas chicas adolescentes. “¡Si yo ya sé lo que es el noviazgo! ¡Si yo lo he visto, lo he vivido!”. En realidad lo ha visto y lo ha “vivido” en las series. Y eso, que es pura ficción, se le antoja más real –y más definitorio de lo que debe ser su pauta de conducta- que lo aprendido en casa y en el aula.

¿Por qué sucede esto? Por una parte, por la transferencia de personalidad que desarrollan al contemplar las teleseries. Y por otra, porque muchos padres transmiten un modelo de familia en el que parecen no creer: sin apenas convicción, ni alegría, ni entusiasmo. Si hiciéramos partícipes a nuestros hijos de la tarea maravillosa que es para nosotros formar una familia, del gustoso sacrificio que hemos puesto en traer hijos al mundo y educarlos, de la importancia de nuestra misión como padres (la más importante de nuestra vida), probablemente nuestros hijos la amarían también; y concederían menos autoridad a las teleseries porque compartirían con nosotros la ilusión de crear un hogar y de comprometerse por amor para toda la vida.

¿Cómo influye el cine?: Transferencia de personalidad

agosto 2, 2010 by  
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Alfonso Méndiz Noguero, Profesor de Comunicación y Publicidad de la UMA

El fenómeno de la “transferencia de personalidad” sucede en la psique del espectador: ese meterse en la piel de otro personaje y asumir como propios sus valores y actitudes vitales. Hoy quiero subrayar que esa transferencia de personalidad (popularmente conocida como “identificación”) resulta especialmente fuerte cuando hay una previa sintonía con el actor protagonista.

 

tom cruiseSi una espectadora, por ejemplo, adora a Tom Cruise, cuando le vea en una película tenderá a querer todo lo que él quiere y a detestar todo lo que él detesta. Y si un espectador siente atracción por Scarlett Johansson, tenderá también a identificar sus emociones con las de ella, buscando una sintonía en las actitudes, los temas y los comportamientos asumidos por su personaje en la película. Emocionalmente, llega a comulgar con esos planteamientos, sobre todo si su formación es escasa o sus convicciones son superficiales.

 

El impacto de esa identificación, también conocida como “experiencia vicaria”, puede tener una permanencia fugaz; o, por el contrario, puede fijarse con fuerza en el ánimo del espectador y permanecer largo tiempo, influyendo decisivamente en el juicio interior acerca de esas conductas y actitudes que ha “experimentado” de forma vicaria en la ficción.

En todo caso, cuando esos impactos son fuertes y se suman a los de otras películas orientadas en la misma dirección, el resultado puede transformar radicalmente los planteamientos iniciales de una persona. Y así, se puede acabar por poner en cuestión valores muy arraigados durante años —como el compromiso matrimonial, por ejemplo—, anulando el ejemplo vivido en la familia o en la propia escuela y dando la vuelta, de repente, a toda la formación recibida durante años.

¿Cómo influye el cine?:Más sobre transferencia de personalidad

agosto 2, 2010 by  
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El cine tiene una enorme capacidad seductora: nos transporta a otro mundo, nos invita a soñar, nos hace ver la realidad de otro modo… Hasta nos hace vivir otras vidas sin salir del patio de butacas. Esta capacidad de “fascinarnos”, de evadirnos de nuestro mundo y transportarnos a otro es la situación que vemos plasmada —metafóricamente— en la película La rosa púrpura del Cairo (1985).

 

la_rosa_purpura_1Como Cecilia (Mia Farrow), la protagonista del filme de Woody Allen, el espectador siente también una llamada a “meterse” en la historia que ve en la pantalla. Si el argumento es bueno y cautivador, el espectador “se olvida” de que está viendo una ficción y asume esa historia como una experiencia que está “viviendo” en ese instante. Es decir, se siente impulsado a cruzar el espacio que le separa de la pantalla y adentrarse en otro contexto de valores. Con su imaginación, entra en el mundo de la ficción cinematográfica y experimenta en sí las emociones que viven los personajes: se alegra, se entristece o se enamora con el protagonista, y hace vida propia sus inquietudes y proyectos.

 

Este proceso de simpatía con los personajes es conocido en la industria cinematográfica como “transferencia de imagen o de personalidad”, y se alcanza cuando el espectador se pone en lugar del personaje, asume sus ideales y empatiza con sus emociones. Cuando se da la identificación —cosa que no ocurre siempre, pero que es más frecuente en los jóvenes y adolescentes—, el espectador tiende a reducir las diferencias de actitud y de convicción porque desea parecerse lo más posible a él. Si el personaje siente rechazo al compromiso matrimonial, él lo sentirá también; y si aprueba las relaciones durante el noviazgo, el espectador las aprobará también emocionalmente, incluso aunque sus convicciones vayan por un camino totalmente distinto. “Si el agente 007 va a salvar al planeta, y es tan fuerte y tan atractivo —interioriza, sin pensarlo, el espectador— yo puedo perdonarle que, en el camino, se acueste con tres o cuatro mujeres, incluso aunque algunas de ellas estén casadas. ¡Porque es mi héroe!”.

 

Ese deseo de identificación suscitado por la trama acaba por minimizar las diferencias en la escala de valores, al menos durante la proyección. Porque no puedo identificarme con el protagonista —seguir la historia a través de sus ojos— y, al mismo tiempo, cuestionar sus ideales o sus comportamientos. Si el protagonista es infiel a su mujer (pero la historia justifica esa infidelidad por un “sentimiento verdadero”), o si miente para conseguir escapar (y así llevar a cabo su proyecto en favor de los demás); es decir, si la historia me arrastra, es muy posible que acabe asumiendo esas conductas como “auténticas” y acabe comulgando con ellas. Al menos, durante la proyección.

La influencia del cine en los valores y estilos de vida

agosto 2, 2010 by  
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Alfonso Méndiz Noguero, Profesor de Comunicación y Publicidad de UMA

Cuando oímos hablar de la “influencia del cine”, es fácil que asome a nuestro ánimo el escepticismo: “¡Otra vez la visión tremendista de Hollywood! Siempre con el mismo cuento…”. En realidad, rara vez se ha hablado de ello con profundidad, desde una perspectiva antropológica.

Ciertamente, el cine ha actuado siempre, desde sus orígenes, como un modelo conformador de actitudes y estilos de vida, como un espejo en el que todos nos miramos para decidir nuestros modelos y nuestras pautas de comportamiento a partir de una determinada percepción de la realidad. Veamos algunos ejemplos.

amadeus2[1]Una película como Amadeus (1984) cambió por completo la imagen cultural que de Mozart tenía el gran público; lo convirtió en un genio infantil, creador de obras sublimes y, a la vez, inmaduro y zafio. Para el 98% de los espectadores, que jamás tendrán acceso a una biografía del músico, esa es “la verdad” sobre Mozart, la imagen de la que ya nunca podrán liberarse.

 Está también el caso de Vacaciones en Roma (1953), dirigida por William Wyler y protagonizada por Audrey Hepburn y Gregory Peck, que cambió por completo la imagen deteriorada y problemática que, durante los años cuarenta, había creado el Neorrealismo italiano en torno a la Ciudad Eterna. Las películas de Rossellini, Zavattini y Vittorio de Sica habían difundido un mito de decadencia; este filme, en cambio, hizo que los norteamericanos volvieran a ver Roma como «la ciudad del amor», un símbolo de la ilusión y del romanticismo.

Más decisivo aún fue el estreno en todo el mundo de El Club de los poetas muertos (1989). Dirigida por el australiano Peter Weir, contaba la historia de un joven profesor de Literatura (Robin Williams) que se incorpora a un elitista colegio privado en la América puritana de los cincuenta. Con sus nuevas formas de enseñanza (les hace andar por el patio, para que cada uno coja “su paso”; les anima a buscar su propia voz; les incita a ser actores, a leer poesía, a soñar con otras cosas que ganar dinero y seguir el patrón de sus mayores), se granjea la suspicacia de los directivos del colegio. Y su mensaje “Carpe diem!” —aprovecha el momento— provoca una verdadera revolución, a la par que termina en tragedia.

Nadie pensaba que esta película pudiera influir en la conciencia de los jóvenes. Es más, por su temática de corte elevado (relaciones padres-hijos, el-club-de-los-poetas-muertos[2]libertad en la elección de la carrera, sistemas pedagógicos en conflicto) se pensó que a los chicos les aburriría, y que sólo podría interesar a padres y educadores. Bastaron unos pases previos para descubrir que la película despertaba un verdadero entusiasmo entre los adolescentes. Nuevos pases en institutos y colegios confirmaron esa tendencia, hasta el punto de que el filme era recibido como el abanderado de “la revolución docente” que los estudiantes de entonces ansiaban. Con estos datos a la vista, la productora del filme decidió cambiar por completo el marketing inicialmente previsto: se modificó el cartel, que iba a estar centrado en la figura del actor, para dar paso a los jóvenes protagonistas; se promocionó como símbolo de la rebeldía estudiantil y alcanzó un éxito entre la juventud como no se había imaginado ni de lejos.

El año pasado, hemos vivido en todo el mundo un caso especialmente sonoro con el estreno de Luna nueva (2009), la continuación de la saga Crepúsculo (2008).Luna_nueva[1] Se convirtió en un auténtico fenómeno de locura juvenil, especialmente en España. El 3 de octubre pasado más de 1.400 adolescentes pasaron la noche en los alrededores de un cine de Sitges donde al día siguiente iba a presentarse la película. Con ellos tuvieron que hacer noche también sus sufridos padres o hermanos mayores. Y lo sorprendente es que no iban a ver Luna nueva, sino sólo… ¡dos escenas del filme y el tercer tráiler de la película! A eso se añadía que iban a recibir como regalo merchandising del filme y, lo más importante, iban a conocer a uno de sus actores: el inglés Jamie Campbell Bower. El destrozo que esa masa descontrolada provocó al día siguiente fue tema del día en numerosas publicaciones. ¡Y todo ello sin poder ver siquiera el filme!

Sí: el cine puede provocar auténticos movimientos de masas. Porque es una representación muy intensa: muy viva y muy dramática. Y puede conmover nuestras emociones y nuestros valores más íntimos. No en vano, los clásicos decían que una buena representación puede provocar una genuina “catarsis”. Y esto no debe tomarse a broma.