El niño de la bicicleta (2011)

No te vayas, papá

Se ve que los hermanos Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne se toman muy en serio el ganar a toda costa una tercera Palma de Oro en Cannes, con lo que harían Historia, pues hasta el momento ningún director lo ha conseguido. Los belgas tiran con bala, y si en la edición de 2011 no llega a pasar por allí cierta bestia parda llamada Terrence Malick, igual hasta lo habrían conseguido. En cualquier caso El niño de la bicicleta es un intento más que digno y era justo que se llevaran algún reconocimiento, así que se fueron de allí con el Gran Premio del Jurado.

Los Dardenne parecen traumatizados por la ausencia paterna, ¿tendrá alguna correspondencia en su vida real? Rosetta era huérfana y vivía sola con su madre; El hijo giraba en torno a la paternidad perdida; en la dura El niño, un marginal llega a vender a su bebé…

En esta ocasión, toman como protagonista a Cyril, un chaval de doce años cuyo progenitor le ha dejado en un centro de acogida, en teoría temporalmente, aunque insiste en llamarle por teléfono, a pesar de que el número ya no está en funcionamiento. Se escapa y consigue llegar al piso donde vivía, pero ha desaparecido sin decir «ni mu». Desoyendo al portero, que le permite incluso ver el interior de la casa para que se dé cuenta de que papá ya no está dentro, el chico insiste en quedarse, y hasta se agarra con fuerza a una mujer, Samantha, una peluquera de la zona, para que los monitores de su centro no se lo lleven…

Gracias a Samantha, que acoge a Cyril los fines de semana, le da el cariño que un chico de su edad necesita, y hasta recompra su bicicleta, vendida por el padre, logran localizar a éste, que trabaja en un restaurante, pero no está muy por la labor de ocuparse del niño…

Aunque pasen los años, los Dardenne siguen fieles a sí mismos, pues vuelven a retratar a las clases desfavorecidas con su austeridad estética habitual, con pocos añadidos musicales, y una planificación cercana al documental. Este drama sigue teniendo el calado moral de sus anteriores trabajos, y con sencillez aparente describen con gran profundidad a personajes muy cotidianos, con las pequeñas grandezas y las miserias a las que es capaz de llegar el ser humano.

Como siempre, los hermanos se apoyan en un gran reparto al que le sacan sobre todo espontaneidad. Supone un gran acierto de los belgas emparejar a su compatriota –pese a lo que sugiere su apellido– Cécile de France, que vuelve a Europa tras su excelente trabajo con Clint Eastwood en Más allá de la vida, con el sorprendente niño Thomas Doret, que debuta en el cine, y resiste llevar la mayor parte del peso del film. Esta vez el actor fetiche de los cineastas, Olivier Gourmet, aparece brevemente a modo casi de autohomenaje, como dueño de un bar.