El uso de inteligencia artificial (IA) para la manipulación de imágenes supone un nuevo reto para el mundo de la comunicación. Por un lado, abre un sinfín de posibilidades para el marketing y la cinematografía, entre otras áreas. Sin embargo, su mal uso puede llevar a una confusión sin precedentes entre las audiencias.
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IDOIA SALAZAR

La era de la inteligencia artificial (IA) ya ha llegado. Un mundo cada vez más traducido a datos que gestionan unas herramientas de software con potentes capacidades analíticas y de predicción, y cada vez con una mayor capacidad para tomar decisiones de manera autónoma. Una realidad, en algunos aspectos, muy parecida a la ciencia ficción de hace unos pocos años, en la que tan solo veíamos o imaginábamos robots con IA en las películas y, la mayoría de las veces, no con fines positivos para la humanidad.

Este nuevo mundo en el que comenzamos a adentrarnos sin duda hará cambiar nuestra percepción sobre las cosas que nos rodean y, muy probablemente, modificará nuestros comportamientos. Nos enfrentamos a una personalización masiva de productos y servicios basados en el análisis y seguimiento de nuestros datos personales, a un cambio en nuestra visión del mundo, tanto a nivel profesional como personal, gracias a una IA capaz de realizar predicciones con un alto nivel de fiabilidad en un tiempo récord.

Es un hecho, ya visible, que la IA trae grandes ventajas para la humanidad. Aumenta nuestras capacidades intelectuales de manera exponencial y, siempre que la veamos como una herramienta de apoyo, ayudará a mejorar la calidad de vida de los seres humanos. Tal y como, durante la Revolución Industrial, se desarrollaron las máquinas para ayudar en las tareas físicas del ser humano, por ejemplo, en las labores del campo, ahora los algoritmos de IA nos ayudan a lidiar con la ingente cantidad de datos que crece cada segundo que pasa a un ritmo exponencial y que nosotros, como humanos, no somos capaces de gestionar con eficiencia con nuestros medios físicos1. Así, visto como una ayuda, poniendo al ser humano como centro en la toma de decisiones y normalizando la apariencia de la IA, quizá haya convencido al lector de la necesidad de acabar con estos prejuicios de ciencia ficción y de centrar la idea de que el peligro no está en la tecnología en sí misma —en la IA, en este caso— si no en el uso que todos nosotros, los humanos, hacemos de ella.

Uno de los mayores temores sociales —convertido en problema— que nos trajeron tecnologías precedentes, en particular Internet, fue su uso para difundir noticias falsas. Las llamadas fake news inundan, principalmente, las redes sociales confundiendo a una población abrumada por la cantidad de información que recibe diariamente y el poco tiempo disponible para asimilarla adecuadamente. Sin embargo, parece que la percepción cuando lees o escuchas algo puede ser más susceptible de dudas que cuando te enfrentas visualmente a ello2. Pocos son aún los que cuestionan la veracidad de la imagen o del vídeo. Las típicas frases: “Una IMAGEN vale más que mil palabras” o “Necesito VER para creer” inciden en nuestro razonamiento cuando nos empiezan a llegar noticias de que ya nunca más será así.

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