Cine: Coco

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Vivos y muertos

 

 

Pixar vuelve a demostrar su capacidad de arriesgar con sus historias animadas, tras transitar últimamente secuelas, Cars 3 y Buscando a Dory. Lo hace abordando una imaginativa trama que hunde sus raíces en la cultura mexicana, las celebraciones de recuerdo de los seres queridos el Día de Muertos. México ha sido el primer país en estrenar Coco, donde rápidamente se ha convertido en la película más taquillera de su historia.

El punto de partida es una familia sobre la que pesa una ruptura matrimonial del pasado, el marido dejó a su esposa y a su hijita Coco para triunfar en el mundo de la música, con su voz, sus canciones y su guitarra. Han pasado varias generaciones, en que la familia, que ha proscrito la música, honra a todos los antepasados menos a ése. Pero el pequeño Miguel tiene talento musical, y se siente impelido a seguir el camino del que abandonó su hogar. Su mágica llegada al reino de muertos le dará una visión más completa de las cosas, un camino a la madurez.

Si empezamos refiriéndonos al capítulo técnico, estamos ante un “más difícil todavía”, siguen mejorando las texturas y la concepción de los planos, unos movimientos de cámara y una iluminación que justifican plenamente la acreditación en el apartado de fotografía de Matt Aspbury y Danielle Feinberg. También es sorprendente la paleta de colores muy saturados y luminosos, con diferencias sutiles entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Y la animación esquelética de los difuntos es definitivamente muy resultona.

Pero por supuesto, en Pixar siempre se han esmerado en los guiones, tramas inspiradoras sólidamente armadas. Y en este apartado –donde están acreditados Adrian Molina, Lee Unkrich, Jason Katz y Matthew Aldrich– el resultado es sobresaliente. Se pinta un conflicto familiar que podía ser propio de un culebrón chicano, o de los viejos dramones típicos del cine mexicano, Jorge Negrete y compañía, con trauma del pasado que ha afectado al clan familiar de los Rivera, hasta el punto de que la música no se puede ni mentar, y el “traidor” ha desaparecido de las fotos de familia. Y se hace hincapié en la importancia de la unidad familiar, incluido el recuerdo a los que nos han precedido y ya descansan más o menos en paz. Es entrañable la figura de los mayores, que son reivindicados, no en vano Coco, que da título a la película, es la bisabuela de Miguel con demencia senil, y que recoge el cariño de todos los suyos, además de que es la hija del que abandonó a la familia. Y la muerte se presenta con toda naturalidad, forma parte de la vida.

Están muy bien presentadas y justificadas las distintas sorpresas del guión, con múltiples y sorprendentes personajes, que ayudan a la evolución del protagonista, que sabrá encontrar el equilibrio entre el desarrollo de su don musical y el amor familiar. Hay momentos muy conmovedores, espacio para la música, el humor y la acción. También se evoca la admiración de Miguel por cantantes del pasado y viejas películas, un recurso que nos puede hacer pensar en las sagas Toy Story y Cars, y en Bolt. Quizá el guiño-homenaje-cita de Frida Khalo está un poco metido con calzador, pero funciona razonablemente, y reconoce la deuda con la artista en la imaginería del film.

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