Según la Teoría de la motivación humana de Maslow, el ser humano tiene unas necesidades básicas que influirán directamente en su motivación. Tras satisfacer las necesidades de bienestar fisiológico y de seguridad, el siguiente objetivo del ser humano será el de saciar su necesidad de amor, de afecto y de pertenencia a un grupo social, necesidades orientadas a relacionarse y a crear relaciones afectivas, pero, que a su vez, puede llegar a generar ansiedad social y una exagerada susceptibilidad a la soledad.

 

Internet FOMO

Conexión permanente

Internet y las redes sociales han facilitado la difusión de información y han favorecido la conexión entre personas más allá de los límites espacio-temporales, creando una infinidad de canales que motivan día a día a los usuarios a permanecer conectados, alimentando así las relaciones personales y el sentimiento de pertenencia a un grupo. Su uso proporciona una serie de recompensas continuas generadoras de dopamina, la hormona del placer. Esto empuja a las personas a involucrarse cada vez más en esta actividad, sin embargo, el uso excesivo puede resultar una adicción, ya que los procesos cerebrales encargados de originar la sensación de bienestar y placer son los mismos que se ven afectados en los procesos adictivos, es decir, que las sensaciones que se perciben en los circuitos cerebrales cuando una persona se siente amada, se asemeja al placer de recibir un like en una publicación, o a la sensación que provoca el consumo de cualquier droga.

El Fear of Missing Out –miedo a perderse algo–, conocido también como FOMO, es un nuevo concepto que abarca la sensación de malestar al conocer que otras personas están realizando actividades placenteras de las que el sujeto no participa. Las manifestaciones observables a las que conduce este malestar psicológico son: la ansiedad, estrés, depresión, frustración, y el sentimiento de soledad creciente, entre otras.

Existen numerosos estudios que demuestran que existe correlación positiva significativa entre el uso de redes sociales y el FOMO, es decir, la adicción a las redes sociales es un factor de riesgo a sufrir miedo a ser excluido y a que otros estén viviendo situaciones gratificantes en su propia ausencia. Por tanto, el FOMO puede también considerarse predictor significativo de la adicción a las redes sociales.

Así pues, nos encontramos ante dos elementos que se retroalimentan entre sí, y que es imprescindible su identificación y abordaje. Ambos factores –adicción a las redes sociales y puntuaciones altas en FOMO– también están relacionados con una baja percepción de las necesidades psicológicas básicas, con una baja autoestima y con la dimensión “vulnerabilidad en línea”. La vulnerabilidad en línea aumenta el riesgo de experimentar situaciones potencialmente dañinas, de naturaleza violenta, embarazosa o no deseada como resultado de las actividades virtuales realizadas (comentarios críticos y/u ofensivos; contenido sexual o violento; ciberacoso, etc.).

Si nos remontamos al inicio, se puede deducir que el FOMO tiene su origen en el miedo a la soledad. Este miedo es el que conduce al ser humano a buscar una constante estimulación externa y, por el contrario, olvida la actividad interior y el cultivo de su ser.

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Inteligencia social

La soledad no se opone a la socialización, sino que activa la inteligencia social. Una persona que se ha cultivado –gracias a esos momentos de soledad– adquiere una riqueza que ofrece a los otros a través de la relación, es capaz de comprender mejor a los seres humanos y consigue verse a sí misma y vivir las relaciones con los otros y el mundo de un modo totalmente distinto.

El impulso a la soledad está en proporción inversa al crecimiento en edad. Los niños pequeños se angustian cuando se encuentran solos, para los adolescentes es como un castigo, ya que encuentran la satisfacción en la vida social, y al adulto, en cambio, le resulta más llevadero y puede estar mucho tiempo solo. Por este y otros motivos, los adolescentes son más vulnerables a sufrir FOMO y, por otro lado, son los usuarios más activos en las redes sociales.

Así pues, los padres y las instituciones educativas tienen el reto de ayudar a las generaciones más jóvenes a reducir el uso de pantallas y a enseñarles a gozar intensamente de la soledad. Cuando uno se sumerge en ella y descubre sus beneficios, le resulta esencial el separarse del mundo y refugiarse en el silencio para encontrar el equilibrio entre exterioridad e interioridad. Ya no tiene miedo a estar solo, sino que incluso lo buscará de manera intencional y se encontrará recorriendo el camino del verdadero desarrollo y crecimiento personal.