Cine: Infiltrado en el KkKlan

 

 

 

Engaño policial

Años 70, siglo XX. Ron Stallworth entra a trabajar como policía en Colorado Springs (Colorado), en donde muy pronto demuestra su valía en una investigación sobre el incipiente movimiento Black Power, en donde entablará amistad con la líder Patrice Dumas. Pero Stallworth es un tipo inquieto y, dispuesto a sacar partido a su estado de agente de campo, se lanza al que es verdaderamente su objetivo: el Ku Klux Klan. Contactará con el grupo que hace llamarse la “Organización” y concertará entonces una cita con ellos para ser admitido. El problema es que Stallworth es negro, por lo que otro compañero detective, Flip Zimmerman, se hará pasar por él.

Adaptación de las andanzas reales de Ron Stallworth, recogidas en su libro de memorias, a cargo del prestigioso cineasta Spike Lee, un director cuya filmografía tiene muy presente el tema del racismo en Estados Unidos, como puede verse en filmes como Malcolm X o La marcha del millón de hombres, por citar dos títulos emblemáticos. También se siente a gusto con esta historia ambientada en esa época setentera en donde el renacer del Ku Klux Klan y la segregación encontraba oposición en el activismo del Black Power y en el movimiento en favor de los derechos civiles emprendido años antes por Matin Luther King.

Ante una película cuyo argumento trata un tema tan serio como es el racismo y la violencia, lo primero que llama la atención de Infiltrado en el KkKlan es el tono que adopta Lee. No se puede decir que sea una comedia al uso, pero la atmósfera y la actitud de los personajes están más cerca de ese género que del drama violento de tintes trágicos. El talento de Spike Lee es que esa decisión no resta fuerza a la historia, ni le impide ser realista en su dibujo de los hechos. En este sentido, el film es contundente contra la injusticia histórica cometida contra la población negra, expresada en esa escena memorable en donde por acciones paralelas asistimos por un lado al ritual del Klan (con la película El nacimiento de una nación como telón de fondo) y por otro al espeluznante relato de un linchamiento narrado por el activista Jerome Turner (Harry Belafonte). Pero, en contraste, en ese clima hostil resulta un acierto el retrato que se hace de la policía, con los dos compañeros en primer lugar –Ron y Flip–, unos tipos de una pieza que evitan entrar al juego del odio o la venganza y donde el equilibrio emocional es el que precisamente les facilita hacer seriamente su trabajo, enfrentándose para ello a unos individuos de escasa calidad humana. Está claro que Lee prefiere ridiculizar a los racistas sin miramientos, a los que no pinta precisamente como unos lumbreras, tanto en su vertiente política como en su lado más violento, véanse las divertidas escenas de la fotografía con David Duke o la de la trampa al oficial de policía.

Apoyada en una magnífica atmósfera sesentera –incluida la banda sonora de Terence Blanchard, habitual de Lee– y al margen del tema de fondo, la trama es entretenida y el hilo principal se sigue con el interés de una investigación policial al uso, en donde hay que destacar la labor actoral. Como protagonista Lee ha escogido a un actor desconocido pero de memorable apellido, pues John David Washington no es otro que el hijo de Denzel Washington, un actor que forjó los comienzos de su carrera precisamente de la mano de Spike Lee (Cuanto más, mejor). Visto lo visto, el progenitor puede sentirse orgulloso de su retoño. Acompaña al joven Washington un estupendo Adam Driver, que le saca enorme partido a ese ademán suyo tan lacónico y panoli, no precisamente incompatible con la inteligencia y la valentía.

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