Cine: La vida y nada más

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Dignidad auténtica

Antonio Méndez Esparza, madrileño formado cinematográficamente en Estados Unidos, sigue empeñado en retratar la realidad que le interesa de ese país tras su aplaudido debut Aquí y allá, que en 2012 fue mejor película en la Semana de la Crítica en Cannes. Y en efecto, con un estilo muy indie, imprime a La vida y nada más un sentido grande de realismo, lo que vemos parece muy autentico, cosas que pasan, “c’est la vie”.

En un pequeña ciudad innombrada y como otra cualquiera de Estados Unidos, Andrew es un joven negro a punto de llegar a la mayoría edad, que ya he tenido que pasar por los juzgados, acusado de robos de poca monta, pero que le han puesto en el punto de mira de condenas más severas si no cambia. Es un buen chico, pero vive en un hogar desestructurado. Su padre está en la cárcel, apenas le recuerda, aunque le manda cartas, nunca ha ido a verle. Su madre Regina se desloma trabajando como camarera, criando a una niña pequeña, y tratando de que el camino de Andrew no se tuerza. Un cliente del bar ronda a Regina, parece buen tipo, busca una relación, ella le gusta. Pero no se llevará bien con el hijo mayor.

Los anteriores son algunos trazos con los que se compone la narración, pero no le hacen justicia. El mérito de Méndez Esparza, que menciona explícitamente como influencia el neorrealismo italiano, es lograr que la cotidianeidad nos interese, que no componga una historia de buenos y malos, y ofrezca en cambio una interesante radiografía de la sociedad americana sin tremendismos, donde poco parece importar que manden Trump o Clinton, con personas de carne y hueso no perfectas pero revestidas de enorme dignidad. Y con sorprendente autenticidad, se señalan las dificultades de integración y promoción de las personas, hablando de los prejuicios raciales, la marginalidad, los hogares rotos, señalando cómo es determinante un entorno familiar que facilite las cosas, junto a una gran fuerza de voluntad.

La narración fluye muy bien, en lo que se dice, y también en la elocuencia de lo que no se dice, pero se ve. Están muy bien trazadas además las relaciones entre los personajes, y los actores, no profesionales, son un prodigio de naturalidad, con mención especial para Regina Williams, la madre.

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